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“La movilidad eléctrica representa la siguiente frontera para el turismo de naturaleza”

A todos nos encanta disfrutar de la naturaleza, pero a menudo viajamos a estos destinos en nuestros vehículos, generando contaminación ambiental y estrés a la vida silvestre. ¿Qué aporte ofrece la movilidad eléctrica al turismo de aventura?

Toda actividad económica tiene un impacto medio ambiental —señala Edison Cupuerán, máster en estudios socioambientales, catedrático de las carreras de Ecoturismo y Gestión Hotelera de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, y experto en el diseño de proyectos recreativos en hábitats naturales— el turismo no es la excepción”.

Sin embargo, precisa, hay diferentes tipos de turismo, “el masivo puede causar impactos severos. Mientras las modalidades de turismo sostenible, como el comunitario, el de naturaleza o el ecoturismo, enfocadas para quienes buscan tener un contacto más personal con el entorno o las comunidades, incorporan como preocupación primaria disminuir las huellas de carbono y ecológica.”

Así, cuando se trata de llevar adelante turismo de exploración o aventura en entornos silvestres (senderismo, acampadas, andinismo, observación, rafting, canopy, etc.), hay varios impactos cuya contención debería ser planificada antes del inicio de operaciones. “El problema es que este tipo de negocios no siempre cumplen la legislación ambiental, y muchas veces el trabajo de control es insuficiente.”

Evidentemente, los impactos varían de un ecosistema a otro. No son lo mismo las selvas que las montañas, o las islas que las áreas protegidas. Algunos son muy sensibles por lo que resulta complejo hacer generalizaciones. Más bien, hay dos momentos del impacto ambiental que pueden diferenciarse.
Los derivados de la presencia de visitantes, y aquellos dados por el erguimiento de infraestructura. En el primer caso los turistas a menudo tiran empaques plásticos, es la más común de las incivilidades, pero también pueden dejar atrás otros residuos peligrosos como pilas, medicamentos, jabones, drogas, que pueden contaminar suelos y aguas; o pueden (como se ha visto anualmente en el país) ser el foco de incendios a partir de fogatas mal controladas.

Ahora, cuando estas actividades se consolidan demandan infraestructura: refugios, alojamientos, restaurantes, incluso distracciones nocturnas. Ello comporta un aumento de población rotativa, y el consumo de recursos como energía, agua y la generación de residuos.

El catedrático considera importante que los centros logren una relación simbiótica con el lugar en el que yacen, “por ejemplo, construyendo con materiales autóctonos, recirculando el agua o implementando biodigestores.” No obstante, uno de los problemas muchas veces inobservados es el traslado a los destinos.

“Es tal cual refería Petra Kelly, todo el mundo quiere volver a la naturaleza, pero nadie quiere hacerlo a pie —explica Edison, con expresión irónica— ¿Ves por qué la movilidad es un tema a considerar en el turismo ecológico?”

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Ya sea que los turistas sean nacionales (terrestre) o extranjeros (aéreo y terrestre), el transporte es el principal factor de presión ambiental en el turismo de naturaleza. En la costa y la sierra el acceso a estos atractivos se va a dar a través de caminos secundarios y no asfaltados, y en el oriente por vía fluvial.

Los caminos, de por sí, reducen la cobertura vegetal a lo largo de su trecho. Requerirán, además, permanentes labores de desbroce, compactación e hidratación que reducen las tasas de infiltración del agua y a la par incrementan la escorrentía y la erosión.

En el caso de los ríos, el impacto podría ser menor si se emplean naves bien mantenidas y motoristas capacitados para maniobrar ante la fauna acuática. Ello no evita que la quema de diésel que emplean los motores fuera de borda y el ruido que producen generen un impacto “rutinario” en el ecosistema.

Por estas razones, para el experto, la tecnología de la movilidad eléctrica representa la siguiente frontera para el turismo de naturaleza. “Si la premisa es evitar la masificación, arribar a estos destinos debería darse no a través de vehículos pequeños, sino de buses eléctricos, que trasladen grupos de 20 ó 30 personas. El incremento del parque automotriz en los entornos silvestres multiplica los atropellamientos y colisiones con animales salvajes, o altera su comportamiento por estrés debido al incremento de ruido y gases” —señala.

Sin embargo, Cupuerán cree en objetivos todavía más ambiciosos. “Si fuese posible contar con motores eléctricos para fletes fluviales en el oriente el beneficio sería todavía mayor. Su locomoción es silenciosa y libre de gases.” Pero rescata la nueva tecnología eléctrica, no sólo como medio de transporte, sino como método de acumulación de energía. “Sus poderosas baterías son el complemento que necesitábamos para fuentes que, aunque renovables son intermitentes como los paneles solares. Con ello podríamos acabar de reemplazar definitivamente a los generadores eléctricos de gasolina.”

Al mismo tiempo, el analista percibe que la transición tecnológica está todavía distante. El transporte eléctrico en el país no ha calado suficiente, ni por usuarios individuales, ni por las empresas del medio turístico, que además viene de sufrir un duro golpe por la para de un año durante la pandemia.

“Además, si quisiésemos llevar el escrúpulo al extremo, todavía quedan algunos puntos que los defensores acérrimos del ambiente reprochan al transporte del turismo de naturaleza, como su potencial para la introducción de semillas foráneas o la dispersión de patógenos. Son discusiones a las que no les damos la espalda. Pero optimista, como soy —confiesa Edison— creo que la mera idea de combinar la naturaleza en estado puro con nuestra tecnología más avanzada, es en verdad el futuro del turismo en Ecuador y el mundo. Tengo la certeza de que viviremos para verlo.”

Edison Cupuerán

Catedrático de Ecoturismo y Gestión Hotelera.
Pontificia Universidad Católica del Ecuador

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