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La tesis ambiental de la CONAIE ¿Una utopía arcaica?

Nuevamente el movimiento indígena y los sindicatos se articulan para protestar contra la eliminación del subsidio a los combustibles. La contradicción entre defender lo ambiental o lo social se vuelve palpable.

Nos educaron en una fantasía: Provenimos de un reino de ensueño. “Reyes” llamados Shyris adulaban a “princesas” (como Toa) con campañas para expandir nación y monarquía. Es la historia del “Reino de Quito”, que incluso indujo a algún ingenuo a sugerir cambiar el nombre sin identidad del Ecuador por, precisamente, República de Quito. Pero todo resultó una farsa…

Investigaciones arqueológicas y antropológicas posteriores demostraron que nunca hubo esa unidad política. Lo narrado era sólo un cuentito del medioevo europeo con personificación aborigen, fruto de la vívida imaginación de un jesuita del siglo XVIII, el padre Juan de Velasco, responsable de que tal ficción sea reimpresa ad Infinitum en los textos de primaria.

Pero si el Reino de Quito no existió ahora sin duda existe. La CONAIE fundada en 1986 es la principal organización que amalgama a los pueblos y nacionalidades indígenas del Carchi al Macará. Y esto no es menor, pues establecer una agenda común para pueblos de diversos orígenes geográficos, lenguas, religiones e intereses resulta complicado.

No son lo mismo los kichwas serranos (saraguros, panzaleos, otavalos, en fin.), revelados contra siglos de explotación en la hacienda; que los Shuar y Achuar amazónicos, por ejemplo, en aislamiento casi total hasta los años 70, donde el sistema de producción agrario es bajo.

Si para los primeros la reivindicación de clase ha sido acceder a la “tierra”; los segundos aducen su señorío étnico sobre el “territorio”. Por ello, la razón funcional de la CONAIE, es ser la tribuna en la que se resuelven las tensiones al interior del indigenado.

De este modo, a la CONAIE le urge hallar causas alrededor de las cuales cohesionar a sus miembros, causas que además legitimen su acción política, pues con los movimientos sociales ocurre como con las bicicletas: en el momento en que se deja de pedalear, se caen…

Es indudable, entonces, que uno de los temas que unifica a todas las facciones del movimiento indígena, es la defensa del medio ambiente. Pero este es un ingrediente nuevo de su discurso y no una lucha “ancestral”, como a veces se piensa.

Como prueba, nótese su ausencia en los “16 puntos” que la CONAIE presentó al gobierno de Borja en el levantamiento primigenio de 1990. El acoplamiento entre indigenismo y ecologismo se va a dar en simultáneo en todo el continente americano, solo desde finales de los ochenta y la fusión se va a volver institucional a partir de la “Cumbre de la Tierra” de Río de Janeiro de 1992.

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El ensayista chileno José Bengoa, explica cómo hasta ese momento la ecología era solamente una ciencia. Evidenciaba cómo el desarrollo económico acarreaba externalidades catastróficas en el entorno, pero éste era un diagnóstico técnico. La agregación posterior del indigenismo a la mezcla se va a dar para explotar la relación animista, que muchos pueblos prehispánicos guardaban con la naturaleza.

La mitología ambiental también fue útil para los políticos indígenas, permitiéndoles establecer alianzas con sectores urbano-mestizos. Piénsese, por ejemplo, en Yaku Pérez, quien logró los mejores resultados electorales para Pachakutik en unas presidenciales; y aun divorciado del movimiento indígena, se ha aferrado a una plataforma “Pachamamista” para su nuevo movimiento.

Así, la ecología espiritual es la estrategia que la CONAIE despliega contra los proyectos extractivos. No obstante, cuando la principal amenaza del mundo es el cambio climático, y en el Ecuador el incremento de los combustibles se vuelve una buena razón para adoptar la movilidad eléctrica, la CONAIE responde haciendo lo opuesto. Asume una posición defensiva de los subsidios, pese a que estos terminan siendo pagos para contaminar y sobrecalentar la atmosfera. ¿Cómo comprender esta contradicción?

Naturalmente el trasfondo es social. Los indígenas en el país se cuentan entre los quintiles más pobres, y en buena medida son campesinos. Por ejemplo, argumentando las razones del paro de octubre de 2019 ante Lenin Moreno, el actual presidente de la CONAIE, Leonidas Iza, no habló del transporte, sino del aumento de costos de operar un tractor.

Pero más allá de si son pasajes o maquinarias, es incontrovertible que el subsidio a las gasolinas amplía las capacidades sociales. Fueron instaurados por la dictadura militar en 1974, y en la actualidad suman ya USD 2 mil millones, lo que equivale al 36% del todos los subsidios, con la cualidad de ser los únicos que benefician a la integralidad de la población.

Pongámoslo así, si para mover un auto promedio 12.5 km, se requiere un litro de gasolina, para cargar el mismo peso sobre la misma distancia se necesitan como mínimo 17 hombres. Es esta la razón por la que las sociedades desarrolladas se precian de una disponibilidad energética per capita superior a los países pobres.

Contar con energía abundante y barata (en relación al ingreso), a la larga permite a los individuos y a la sociedad en su conjunto vivir una vida más plena, tener mayor capacidad de cumplir metas y desarrollarse.

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La dificultad estriba en que la “transición ecológica”, como la han aplicado Lasso y antes Moreno, por fuerza de liberalizar el costo de las gasolinas, pero sin brindar compensaciones para que el actual consumo de energía per capita en el Ecuador se mantenga (por ejemplo, con una política agresiva de fomento a la movilidad eléctrica), en lo único que va a redundar es en hundir los pies del país en cemento.

No solo va a repercutir en más inflación, sino va a mermar la capacidad de importar tecnología de frontera, lo que alejará al país de la sustentabilidad. Al contrario, el nivelar el precio de las gasolinas con precios internacionales, apunta directamente a mejorar la rentabilidad del negocio de su expendio, para luego privatizarlo.

Pero si la polémica alrededor de la eliminación de subsidios no guarda coherencia ambiental desde el gobierno, también muestra que la tesis del movimiento indígena de defender una forma de vida que ya no existe, no es más que un discurso vacío. El acceso a la energía es tan importante para los indígenas como para cualquier otro ciudadano.

Preocupa, sí, que en varias oportunidades cabezas representativas del movimiento indígena se hayan pronunciado contra las hidroeléctricas, principal fuente de energía limpia del país. Les impugnan la desviación de aguas, que alteraría los ecosistemas acuáticos y perturba la migración y sitios de desove de algunas especies de peces. Se omite, empero, el impacto que cerrarlas representaría en la vida humana y la economía nacional.

El movimiento indígena necesita modernizar su tesis y propuestas ambientales, guardando coherencia con su orientación social. Una propuesta que considere que la salida de la crisis medioambiental no reside en el retorno a una utopía arcaica, sino en la tecnología de punta. Mientras no lo comprendamos o aceptemos, la Pachamama seguirá esperando.

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