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Los eléctricos cambiarán la cultura de la renovación vehicular

Entre el progreso tecnológico, las estrategias de mercado, y el espíritu de la época, la historia automotriz evidencia que nada es lo mismo por mucho tiempo. Los vehículos eléctricos no son diferentes, su implementación es el punto de partida para una verdadera revolución en la innovación que está redefiniendo la obsolescencia vehicular.
Si con justicia el sector automotor reconoce a Ford Motor Company la invención de la producción en masa, debe a General Motors la no menos importante invención de la obsolescencia planificada de los automóviles. En 1924, su presidente Alfred P. Sloan, decidió que, para acelerar la concurrencia de sus clientes a la tienda, cambios de diseño deberían incorporarse en los modelos anualmente.
TOYOTA FJ 1968
TOYOTA FJ 2020

A la larga la práctica del “facelift” (reestilizar la carrocería como signo de novedad) que se generalizó en la industria, derivó en que tengamos autos con año como apellido, “Dodge Charger del 1969”, “Volkswagen Golf 1992”, o “Toyota RAV4 2019”; vehículos que sin duda pueden desplazarse de lugar a lugar, pero que están rígidamente congelados en el tiempo.

Para muchos analistas, la obsolescencia automotriz es un sello de identidad de la sociedad de consumo antes que del progreso tecnológico. Son comunes estrategias de mercadeo destinadas a inducir al consumidor a pensar que su vehículo, ya sea por funcionalidad o apariencia, ha dejado de ser moderno. No encaja más con los gustos de la sociedad, o no es una herramienta tan útil como solía ser, y el mejor negocio que puede hacer el propietario es deshacerse de él antes que quede oxidado y vetusto.

En otras ocasiones la obsolescencia viene programada desde la propia manufactura. La durabilidad de los materiales empleados, y el dejar fuera de stock refacciones vitales, fuerzan materialmente al consumidor a reemplazar su vehículo.

Empero, no es falso que otros factores inciden poderosamente en la caducidad de un automóvil. El primero y más obvio es la real innovación técnica. Las mejoras en prestaciones de rendimiento, consumo, seguridad o confort, han sido introducidos en la línea de alta gama, para luego normalizarse en la industria. 1930, el radio para autos; 1959, los cinturones de seguridad; 1988, los airbags; 2002, las cámaras reversas; 2020, el automóvil autónomo.

Otro importante factor va a estar dado por la prosperidad de los tiempos. Las recesiones son grandes maestras del ingenio, y ello pasó justamente en 1973. En las postrimerías del embargo petrolero que encareció la disponibilidad y precio de las gasolinas, EEUU debió rebajar el límite nacional de velocidad a 88 km/h, con el fin de reducir el consumo, y además promulgó las regulaciones CAFE (Corporate Average Fuel Economy) para reducir el cilindraje de los vehículos. Fue entonces cuando los autos largos y pesados, los “buques”, quedaron relegados como excentricidades de época.

Un tercer factor de obsolescencia automotriz es en cierta medida confluencia de los otros que hemos señalado, pero surgió como respuesta a la crisis medio ambiental. La contribución del transporte a la emisión de gases de efecto invernadero, reveló la importancia de descontinuar los motores contaminantes.

Si bien los primeros pasos estuvieron nuevamente orientados a lograr un consumo más austero de gasolina, con mayor aerodinámica, materiales ligeros, etc., e incorporando nuevas formas de catalizar el combustible para neutralizar los escapes, la tendencia rápidamente evolucionó al uso de combustibles no derivados del petróleo que operen en los motores térmicos, especialmente etanol.

Sin embargo, en las pasadas décadas esto se probó insuficiente para frenar el calentamiento global, y la tendencia mundial ya aceptada son los sistemas químicos de propulsión vehicular, baterías eléctricas, celdas de hidrógeno, o en su defecto los híbridos (mitad a gas y mitad eléctrico).

No obstante, la adopción de los motores sustentables como el nuevo estándar, no implica un punto de llegada para la innovación, sino de partida. La interrogante se centra hoy en si un vehículo eléctrico (VE), por ejemplo, al tener menos piezas, y por lo tanto generar menos desgaste de partes, puede alargar su vida útil en relación a los autos tradicionales.

La adopción de los motores sustentables como nuevo estándar, no es un punto de llegada sino de partida para la innovación. La interrogante se centra hoy en cuánto un vehículo eléctrico, al tener menos piezas, puede alargar su vida útil.

La respuesta a este desafío es todavía incierta, y lo es porque los vehículos contemporáneos son como hace 100 años habitáculos con ruedas, pero son a la par genuinas computadoras. Hoy todas sus funciones mecánicas están mediadas por complejos sistemas informáticos. De forma que los adelantos corren en dos vías, la del hardware y la del software.

En materia de Hardware, el principal factor que dejará añeja a la primera generación de VE frente a los que vendrán son las baterías, las que tendrán mayor capacidad y velocidad de carga, y no menos importante, serán más baratas. Por ejemplo, en solo 3 años Nissan duplicó la autonomía del LEAF eléctrico. Con una batería más grande y ligeramente más costosa, el modelo 2017 que tenía un alcance de 172 km, pasó en 2020 a un rango de aproximadamente 362 km. Se espera que todas estas características se incrementen con nuevos métodos como las baterías de estado sólido. Además, la posibilidad de carga inalámbrica podría dejar la extendida guerra de formatos de los cargadores, justamente, obsoleta.

Pero al mismo tiempo, la degradación de las baterías es el principal factor que induce al recambio vehicular. Las baterías van perdiendo su autonomía y capacidad de carga, si bien dependiendo el tipo y el trato recibido, este proceso puede durar entre 10 o 20 años, o alrededor de 160.000 km, es virtualmente irreversible y será entonces el propietario quien decida si cambiar la batería o el auto entero.

Con el software, en cambio, el problema es el que señala Luis Melnik, “si el automóvil se hubiese desarrollado proporcionalmente a la computación, un vehículo de pasajeros debería costar 100 USD y recorrer mil kilómetros con cinco litros de combustible.”

El desarrollo informático es tan vertiginoso, que los fabricantes emiten actualizaciones constantemente. Para algunos la actualización asegura un sometimiento de los consumidores con la casa matriz que superaría por largo el sueño más ambicioso de Sloan. O podría pasar todo lo contrario, el origen de mejoras tan pequeñas e imperceptibles, que el conductor no las precise sino rara vez, y pueda disfrutar un VE sin cambios por un periodo relativamente extenso de tiempo.

Es muy pronto para avizorar como finalmente los VE decantarán sobre los patrones de consumo y la obsolescencia tecnológica. Es algo que se verá solo con el transcurso del siglo XXI, sin embargo, si existe ya una certeza, esta es que la movilidad sustentable llegó para quedarse.

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