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El vehículo autónomo ¿Bendición o maldición?

Los vehículos autónomos prometen ser la solución para muchos de nuestros problemas. Una ciudad menos congestionada, más car-sharing y mayor productividad. Pero ¿estamos ahí acertando? ¿Qué hay de posibles hackeos o de la sustracción de datos?

“Kitt ¡Ahora!” vocifera a su reloj-comunicador Michael Knight, y haciéndole caso su auto entra en acción. Es una escena del Auto Fantástico, serie televisiva que en los 80s deslumbró a la audiencia con su perspectiva del western, la inteligencia artificial, y la imperecedera combinación de jeans y chamarras de cuero.

Sin embargo, este tipo de tecnología suena cada vez menos utópica, pues, aunque la probabilidad de que un Pontiac deportivo adquiera consciencia sigue siendo remota, la de un carro capaz de gobernar su desplazamiento es hoy una realidad plausible.

Son todavía pocos los autos preparados para conducirse solos. Aunque en el 2021 existen algunos vehículos eléctricos de alta gama que ya se publicitan equipados con estas capacidades, como, por ejemplo, la quinta generación del Cadillac Escalade EV, los modelos más propiamente autónomos no están todavía a disposición del público.

Los de venta son vehículos, que subordinados a la presencia de un conductor humano, pueden realizar algunas tareas de navegación durante tramos del recorrido. Autos efectivamente capacitados para (valga la redundancia) el autocontrol en cualquier terreno, condiciones de tráfico, luz y clima, no están disponibles de serie, y continúan siendo objeto de experimentación.

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En verdad, hay una escala bastante diversa para los niveles de independencia que un vehículo puede alcanzar. No obstante, lo que separa a los nuevos vehículos respecto a modelos que en décadas pasadas introdujeron ciertas facultades autonómicas (velocidad de crucero, freno de emergencia, asistente de parqueo) es la habilidad de leer en simultaneo los sorpresivos estímulos del entorno y reaccionar acorde a ellos; ya sean estos humanos (transeúntes, ciclistas, otros conductores) o inanimados (rutas, señales de tránsito, baches).

De hecho, aunque el vehículo autónomo tiene casi un siglo de ensayos, su versión contemporánea es el pináculo de varias técnicas reunidas, como sensores a partir de sonares y radares, mapas satelitales, cámaras de 360o, telecomunicaciones 5G, entre muchos otros ingenios que finalmente lo están haciendo posible.

Empero, una de las bases es el ser vehículos eléctricos, dada la simpleza de un motor que facilita su operatividad; el ser computadoras con ruedas, con sendas capacidades informáticas que viabilizan el procesamiento de esta colosal cantidad de información; y finalmente el que emplean un combustible no inflamable.

La utilidad de la tecnología autónoma parece evidente, pero representa más que brindar paz mental a un conductor que ya puede desperezarse o estornudar, sin soltar el volante en pánico. El hacinamiento del parque automotor que aqueja a las ciudades ha hecho que muchos urbanistas depositen sus esperanzas en la convergencia del auto autónomo con el uso común del transporte menor en las urbes, internacionalmente conocido como Car Sharing.

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Adiós al auto personal

Si el auto puede manejarse sólo, cualquiera puede utilizarlo: un anciano, un niño, un borracho… Pero si todos los autos de la ciudad fuesen autónomos, la necesidad de poseer un auto personal decrece, pues puede aprovecharse en cualquier momento por cualquiera que lo necesite. Ese es cuando menos el razonamiento de la firma de ingeniería británica WSP Parsons Brinckerhoff & Farrells White, que en un paper recientemente publicado, argumenta que un tráfico robotizado, con autos autónomos tan coordinados entre sí que podrían poner en escena el Lago de los Cisnes, volverían a las colisiones mucho más raras, los tiempos de viaje serían más eficientes, e incluso se podrían diseñar calles más estrechas y austeras.

Por supuesto, llegar a un grado tal de independencia de los autos, y del tráfico en general está muy lejos todavía, quizá a décadas de ser medianamente viable, por lo que es probable que el automóvil autónomo se revele de manera muy distinta a la que percibimos hoy. Pero además como señala el filósofo, Paul Virilio, la invención de cada nueva tecnología acarrea la invención de su accidente intrínseco. El avión trajo consigo el accidente aéreo, la computadora, la pérdida masiva de información; la televisión, el apartamiento de la realidad; las redes sociales, las fake news.

Entonces cabe preguntarse ¿cómo se manifestará el siniestro del automóvil autónomo? A más de las casualidades económicas evidentes de choferes que perderían sus trabajos, y de autos extraviados y hackeados; el hipotético escenario de estos vehículos podría profundizar la alienación del residente urbano en un hábitat, que se le hace distante e irreconocible.

Esta y otras contingencias, al igual que los beneficios de esta tecnología que apenas da sus primeros pasos, tomarán tiempo en develarse. Sin embargo, su valor principal estará dado por las posibilidades que abre para el ahorro de recursos, sin duda ninguna el problema más apremiante de nuestro tiempo.

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